Este es nuestra relato literario:
https://drive.google.com/file/d/1dvFM8uYGpcmE65x5Dk1D7SrI208xP41X/view?usp=sharing
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EL VIAJE DE LAS LUCES PERDIDAS
Maestras y la fábrica de aprendizaje
Annie despertó una mañana con una melodía desconocida que parecía venir de un lugar desconocido. El orfanato había desaparecido, y en su lugar se extendía un valle cubierto de hierba verde y montañas azules en el horizonte. Vestía su clásico vestido rojo, pero ella sentía una sensación distinta, se sentía muy feliz y llena de vida, como si algo especial estuviera ocurriendo.
Mientras abrazaba a su perro Sandy, notó que no estaba sola. Se dio cuenta que desde una colina cercana bajaba, una niña risueña, era Heidi. Le empezó a hablar de un lugar llamado Las Tierras Entre Mundos, era un lugar que Annie no conocía, un lugar donde se mezclaban montañas azules, bosques susurrantes y caminos que parecían invitar a quienes llegaban buscando un hogar, es decir, a empezar una nueva etapa. Annie, al observar a esa niña con sus mejillas rojizas, que transmitían felicidad, y su alma libre, recordó aquello que había aprendido en el orfanato: que la bondad no se enseña, se contagia. Entonces Annie sonrió y reflexionó diciendo que la bondad se puede encontrar en los corazones más sencillos.
Juntas siguieron caminando y, entre los árboles, apareció una chica pelirroja con un arco en la espalda: Mérida. Las tres juntas caminaron por un sendero desconocido pero Annie tenía miedo de seguirlo sin saber dónde les iba a llevar. Entonces Mérida les dijo que hay que tener valor y enfrentarse a los miedos propios, pero sobre todo al miedo de ser uno mismo. Mientras hablaban seguían caminando por ese sendero tan extraño hasta que llegaron a un castillo en ruinas: Allí se encontraron a una niña escribiendo en un cuaderno, parecía ser Ana de las Tejas Verdes.
Annie se acercó y vio que el cuaderno estaba lleno de nombres tachados y vueltos a escribir: familias, amigas, futuros posibles. Heidi, Annie y Mérida se sentaron con ella mientras y empezaron a contarse sus sueños e ilusiones futuras. Annie confesó que uno de sus sueños era encontrar una familia y entonces fue cuando Ana le explicó que a veces lo más valiente no es luchar, sino creer que uno merece ser amado, porque la esperanza nunca se pierde.
Las cuatro juntas decidieron levantarse y seguir su camino. Llegaron a un río, pero parecía estar congelado. Se dieron cuenta de que alguien estaba danzando con elegancia y melancolía sobre él, se acercaron a curiosear y vieron que era Anastasia, la princesa perdida. Ella les habló sobre su pasado, les dijo que ella en algún momento también había olvidado quién era, pero como moraleja les enseñó que la memoria del corazón puede ser más fuerte que la de la sangre. Annie comprendió entonces que el hogar no siempre se encuentra, sino que se construye con los encuentros.
De pronto, un brillo verde iluminó el cielo: Peter Pan descendió riendo, invitándolas a un lugar donde nadie crece. Pero Annie dijo que ella sí quería crecer, porque solo así podría cambiar el mundo. Peter la miró sorprendido y le dijo que nunca nadie le había respondido así y que era muy valiente por haber llegado a pensar eso.
Cuando el valle volvió a brillar, cada uno tomó su propio rumbo: Heidi hacia las montañas, Mérida a su bosque, Ana a su casa de tejados verdes, Anastasia con su familia y Peter desapareció con un destello. Annie quedó sola, aunque por primera vez no se sintió huérfana.
Había descubierto que cada alma que conoció era parte de ella: la inocencia de Heidi, la fuerza de Mérida, la imaginación de Ana, la nostalgia de Anastasia y la libertad de Peter Pan. En ese instante lo entendió: no era una huérfana, sino una niña completa, formada por todas las personas y experiencias que le habían enseñado a crecer y a creer en sí misma.
Os presentamos el relato literario de Hermione, una narración original en la que se entrelazan diferentes referencias a personajes y obras conocidas.
Al final del texto encontraréis unas notas explicativas que os ayudarán a descubrir las conexiones y guiños literarios que aparecen a lo largo del relato.
La biblioteca de los mundos
Hermione se despertó de madrugada. No estaba en Hogwarts ni en Londres: la habitación era desconocida, iluminada apenas por el resplandor de una lámpara. Sobre la mesa, un libro abierto parecía llamarla. El título brillaba: La Biblioteca de los Mundos.
Con cautela, lo tocó. En cuanto rozó la página, un torbellino de letras la envolvió y la arrastró hacia otro lugar.
Cuando abrió los ojos, estaba en un bosque. Allí, una niña de vestido azul corría detrás de un conejo blanco y le dijo, con una sonrisa curiosa, que en aquel sitio nada tenía sentido, pero la curiosidad siempre abría caminos¹. Hermione pensó que esa niña podría haber sido ella, perdida entre mundos imposibles pero guiada por el deseo de entenderlo todo.
Siguió adelante y encontró a un hombre flaco con una armadura destartalada, acompañado de un escudero paciente. El más bajo, con tono realista, le explicó que la locura a veces necesitaba de alguien que pusiera los pies en la tierra². Hermione comprendió que así era ella frente a Harry: la voz sensata en medio de los sueños imposibles.
Avanzó entre pasajes infinitos hasta llegar a una clase donde una niña de mirada vivaz levantaba libros con la mente. “El saber también es poder”, le dijo la pequeña³. Hermione aplaudió: por fin alguien que entendía que la magia más fuerte nacía del conocimiento.
El bosque cambió. Ahora era un campo en guerra. Una muchacha con arco y trenza oscura le tendió la mano; luchaba por los que no tenían voz⁴, y Hermione reconoció en ella su propia necesidad de defender a los demás. Recordó su lucha por la libertad de los elfos y sintió que aquella causa era compartida.
Más adelante, una joven rubia y decidida la saludó desde una colina. “La estrategia es mi mayor arma”, afirmó⁵. Hermione sintió una afinidad inmediata: la mente, bien usada, era el hechizo más poderoso.
El camino se bifurcó. A la izquierda, una chica vestida de negro alzaba su varita, dudando entre la luz y la oscuridad; a la derecha, una niña de impermeable amarillo se adentraba en un pasillo sombrío para enfrentarse a su propio reflejo⁶,⁷. Hermione entendió que cada elección era un acto de valentía, y que conocerse a una misma podía ser la mayor de las batallas.
Poco después, un aire cálido y una melodía suave llenaron el aire. Una joven de mirada inteligente leía entre estantes, tarareando mientras pasaba páginas⁸. Hermione sonrió: en ese gesto vio reflejada su infancia entera.
Entonces el paisaje se llenó de rostros. Una escritora inclinada sobre sus cuadernos, una joven andaluza que rompía las reglas del silencio impuesto, un grupo de hadas que entrenaban su magia bajo un cielo rosado, una muchacha que caminaba decidida por un sendero amarillo hacia su hogar⁹¹⁰¹¹¹². Todas hablaban, todas brillaban, todas parecían decirle al unísono: no estás sola.
Hermione comprendió que aquella constelación de mujeres que la rodeaba no era un accidente. Eran piezas de un mismo mosaico: lectoras, guerreras, soñadoras, estrategas, rebeldes. Cada una representaba una manera distinta de ser heroína, y ella, Hermione Granger, llevaba un poco de todas dentro de sí.
El libro comenzó a cerrarse. El torbellino regresó. Cuando abrió los ojos, estaba otra vez en la habitación, con la lámpara aún encendida. El ejemplar reposaba cerrado sobre la mesa, pero Hermione supo que, de ahora en adelante, cuando se sintiera sola o dudosa, bastaría con abrir un libro para recordar que había un universo entero de protagonistas femeninas acompañándola.
Notas intertextuales
Alicia en el país de las maravillas – Lewis Carroll (1865).
Don Quijote de la Mancha – Miguel de Cervantes (1605).
Matilda – Roald Dahl (1988).
Los juegos del hambre – Suzanne Collins (2008).
Percy Jackson y los dioses del Olimpo – Rick Riordan (2005).
Las escalofriantes aventuras de Sabrina – Serie de Netflix (2018).
Coraline – Neil Gaiman (2002).
La bella y la bestia – Walt Disney Pictures (1991).
Mujercitas – Greta Gerwig (2019).
La casa de Bernarda Alba – Federico García Lorca (1936).
Winx Club – Iginio Straffi (2004).
El mago de Oz – L. Frank Baum (1900) / MGM (1939).
Lisa Simpson, de ocho años, caminaba por los pasillos de la Escuela Primaria de Springfield con el saxofón colgado a la espalda y un libro de filosofía bajo el brazo. Los ecos de las risas de sus compañeros rebotaban en las paredes, pero en su mente resonaban otras voces, más profundas: las de Kant y de Marie Curie. Mientras el mundo a su alrededor giraba en la banalidad de lo cotidiano, Lisa navegaba las mareas de un océano intelectual y emocional que pocos podían comprender.
Esa mañana había discutido con su profesor sobre las implicaciones éticas del vegetarianismo. Como siempre, su fervor por la justicia, ya fuera social, animal o medioambiental, la aislaba. En lugar de sentir la incomodidad de ser la única que veía más allá de lo obvio, Lisa se refugiaba en los personajes de su mente. Matilda, esa niña prodigio que también luchaba contra un entorno que no valoraba su intelecto, se erguía a su lado como una hermana en el espíritu. ¿Y qué decir de Hermione Granger? Ambas compartían la pasión por la justicia, ya fuera en la defensa de los elfos domésticos o en la defensa del planeta.
Ese día en clase de música, Lisa cerró los ojos y dejó que los acordes de su saxofón la transportaran. Imaginaba a John Coltrane y Miles Davis escuchándola desde alguna esquina oscura del jazz, asintiendo en aprobación. La música era su escape, su rincón personal en un mundo caótico. Tocaba Beethoven con la misma pasión que leía a Dickinson, buscando siempre ese espacio donde la emoción y la razón convergían.
Sin embargo, no podía evitar sentirse como Frankenstein en un mundo que, aunque lleno de conocimiento, también contenía sombras éticas. El progreso científico, que ella tanto admiraba, a veces venía acompañado de dilemas morales que le quitaban el sueño. Pero Lisa, al igual que Elizabeth Bennet, luchaba por ser valorada por su mente, enfrentándose a la ignorancia que la rodeaba, ya fuera en la escuela o en su propia familia.
Al llegar la tarde, se sentó en su cuarto con una pila de libros a su alrededor. Ahí estaban El diario de Ana Frank, Frankenstein y un cómic de Wonder Woman. Todos esos personajes compartían un hilo conductor: la lucha por la justicia, por la verdad, por un mundo mejor. Lisa miraba la portada de Maus, reflexionando sobre las complejidades de la historia humana y cómo, incluso en su corta vida, había llegado a comprender lo profundo y trágico que podía ser ese pasado.
Mientras el sol se escondía tras las montañas de Springfield, Lisa, con el corazón lleno de ideales y sueños, se permitió un momento para imaginar que, como Juana de Arco, lideraría alguna batalla, tal vez no con una espada, pero sí con sus palabras, su música, su intelecto. Porque, aunque el mundo no siempre la entendiera, sabía que su lugar era el de quien desafía las normas, de quien se atreve a preguntar lo que otros ni siquiera piensan. Era una exploradora del intelecto, una mente rebelde, incomprendida, pero, sobre todo, una incansable luchadora por un mundo más justo.
Referencias en el relato:
Alcott, L. M. (1868). Mujercitas.
Dahl, R. (1988). Matilda (Q. Blake, Ilustr.).
Frank, A. (1947). El diario de Ana Frank.
Lee, H. (1960). Matar a un ruiseñor.
Shelley, M. (1818). Frankenstein.
Montgomery, L. M. (1908). Ana de las Tejas Verdes.
Waid, M. (2016). Wonder Woman: Tierra de nadie. ECC Ediciones.
Spiegelman, A. (1986). Maus: A survivor's tale. Pantheon Books.
Dickinson, E. (1995). The complete poems of Emily Dickinson. Little, Brown and Company.
Austen, J. (1813). Orgullo y prejuicio.
Orwell, G. (2020). 1984 (E. L. Huerta, Trad.). Ediciones de Bolsillo.
Coltrane, J. (1965). A love supreme [Álbum musical]. Impulse! Records.
Davis, M. (1959). Kind of blue [Álbum musical]. Columbia Records.
EL CAÓTICO VIAJE POR EL MUNDO
DE LAS TRES MELLIZAS
Érase una vez…
¡Ay no! perdonad, es la costumbre de empezar siempre de igual manera.
Érase una vez y
otra y otra, un montón de veces las aventuras de Anna, Helena y Teresa.
Nuestra fábula
comienza un día cualquiera en el salón de la casa de las tres mellizas, que
perfectamente podría haber sido el tuyo, así es de caprichoso el mundo de los
sueños. Las niñas jugaban con un montón de pintura mágica que habían encontrado
entre los bienes personales de la Bruja Aburrida, esa dichosa vieja que hacía
de niñera malhumorada y regañona, y que se dedicaba a castigarlas sin ton ni
son, aunque las espabiladas niñas burlaban como querían su torpe vigilancia.
Os preguntaréis
cómo han burlado las niñas a la Bruja si esta maldita vieja siempre tenía un
ojo puesto sobre sus cabezas… pues resulta que los años no perdonan y mientras
dormitaba las observaba con el ojo que menos veía, por eso nuestras amigas
pudieron eludir su torpe atención y escapar de su último castigo fácilmente.
Tras su aventura, no solo volvieron sanas y salvas, sino que guardaban un as
bajo la manga, y le habían robado la manzana envenenada a la malvada madrastra
de Blancanieves.
Bueno pues ya
sabéis que merendó esa tarde nuestra querida Bruja Aburrida, y es que de los
cuentos a los que las enviaban durante los castigos, no sólo aprendían cosas
buenas, sino toda clase de artimañas, trucos y encantamientos; cosas
maravillosas y prodigiosas pero que no siempre eran buenas, aunque sí de gran
utilidad. Empezaban a pensar que estas historias, aparentemente inocentes y
divertidas, se parecían mucho al mundo de los mayores y que había más oscuridad
de la que creían cuando eran más pequeñas, los cuentos encierran abismos que a
veces da miedo mirar. Esto meditaban mientras recordaban que fue Alí Babá quien
les había instruido en estas esotéricas artes, un tipo simpático del que no
terminaban de fiarse del todo, cualquiera de los cuarenta ladrones les parecía
mucho más confiable que aquel leñador tan taimado.
Pues bien, continuando
con la historia, las niñas pintaban sin ningún cuidado por todo el salón con
aquella pintura mágica, mientras nuestra querida Bruja Aburrida roncaba en un
rincón plácidamente ajena a todo lo que estaban montando, que más que pintar
jugaban a lanzarse colores en una especie de paintball con brochas. ¡Casi sin
darse cuenta había llegado la hora de regreso de sus padres y tenían que
recoger aquel desastre!
Con la última
campanada del viejo reloj de péndulo y el sonido de las llaves de sus padres,
que buscaban la cerradura, se apresuraron a buscar algo que les ayudase a
limpiar aquel desorden en el equipaje de la Bruja y, al asomarse a aquella
maleta de mano descomunal y pasada de moda, perdieron el equilibrio y se
precipitaron dentro… Cayeron y cayeron y, de repente, ¡plás! ¡Estaban en
Townsville! y lo que debía ser el salón de su casa era el cuarto del Profesor
Utonio.
Tres niñas de
ojos gigantescos las miraban atónitas, preguntándose qué diablos estaba
pasando, a la vez que repasaban cada detalle de esas trillizas que de algún
modo les recordaban a ellas, aunque solo fuera por el número. Cuando
consiguieron recomponerse del trastazo no pudieron creer lo lejos que habían
ido con sus jugarretas, ahora estaban en otro mundo, sin saber cómo volver a
casa y con la única persona que les podía traer de vuelta, sumida en un
profundo sueño, del que esperaban la despertasen sus padres antes de echarlas
de menos. La bruja aburrida era muy desconfiada y siempre agarraba su maleta
encantada cuando estaba despierta, por lo tanto, confiaban en que esta pesase
más y ella, sospechase que algo había dentro que no estaba antes. Seguro que
les esperaba algún castigo de la bruja a cambio de guardar silencio para que
sus padres no se enterasen de nada. En el fondo los castigos encantados de la
bruja aburrida eran muy divertidos.
Cuando acabaron
de contarle la situación a Pétalo, Burbuja y Cactus (así se llamaban estas
niñas, más conocidas como las Supernenas), no dudaron en ayudarles a regresar.
Las superheroínas no dejan a nadie desamparado y además, pensaron en lo
divertido que sería pasar tiempo con otras niñas de su edad.
Así pues, las
seis niñas fueron recorriendo todo el mundo y saltando de cuento en cuento para
hallar la forma de regresar a casa.
Remontaron montañas, descendieron por barrancos intrincados, recorrieron
selvas inexpugnables, surcaron lagos humeantes, saludaron a Marco Polo y le
compraron sedas de la China. También
ayudaron a Sancho a desfacer los entuertos que el loco de su señor a cada paso
provocaba.
Cuando estaban
rendidas se dieron cuenta, sin saber cómo, de que sus padres estaban abriendo
la puerta. Caídas en el submundo de las aventuras como estaban, inquietas,
miraron cómo volver de inmediato y, de pronto, como por encanto (otra vez,
empezaban a pensar que en el mundo de la fantasía todo era por encanto, lo que
les mosqueó un poco) avistaron un barco pirata al mando de un loco que
respondía al nombre de Capitán Garfio,
que sin la menor dilación desplegó las velas rotas de su barco, izó la
bandera negra de los corsarios y las llevó a través de mares misteriosos a una
isla llamada ¡¿Ítaca!?.
El atrabiliario
Garfio les dijo que no podía navegar más lejos, pero que les dejaba con un
amigo suyo, muy viejo, pero bastante de fiar, o eso esperaba él. ¡Oh no!, estaban en el barco del tenaz
Ulises. Aquel hombre no es que les diera demasiadas pistas de cómo podían
volver a su hogar, al fin y al cabo, se encontraba en un problema similar, pero
sí aprendieron muchas cosas de él, como su incesante empeño por volver a casa y
lo importante que era el viaje, tanto más que el destino. Este ejemplo les
sirvió como inspiración para no rendirse en su tarea.
Tras su odisea
con Ulises, hicieron escala en Troya que, la verdad, no les pareció gran cosa,
pero desde la que parecían tener una gran perspectiva para trazar la ruta de
vuelta. Creyeron que quizás desde lo más alto de esta mítica ciudad podrían
verlo todo, probablemente incluso divisar su casa, por lo que una vez allí se
subieron en algo parecido a un globo aerostático.
En este gigante
volador se encontraban Phileas Fogg y su ayudante
– ¡Llegáis tarde!
- soltó aquel caballero inglés.
–Perdonad niñas,
es la costumbre, no pretendía asustaros.
Las seis niñas se
miraron confundidas, pero enseguida se apuraron en contarle todo, al fin y al
cabo, ellas también llegaban tarde a casa. Fogg accedió a echarles una mano si
a cambio ellas le ayudaban a ir más rápido, a ese ritmo en vez de 80 días ¡serían
100! y eso tenía a Fogg en un sin vivir.
La verdad que fue
muy sencillo, gracias a las Supernenas y su capacidad de volar (por no hablar
de su fuerza desmedida), empujaron aquel artefacto a una velocidad supersónica
que hacía que, a los demás pasajeros se les pegara la espalda contra la
estructura del absurdo ingenio volador, mientras se agarraban con fuerza
intentando pestañear con esmero. Se divirtieron mucho con esa experiencia,
también fue así para nuestro querido Fogg, que llegó a su destino sesenta días
antes de lo esperado, pero como le dictaba su sentido del deber y la etiqueta
debida a su posición, decidió esperar los veinte que le restaban sin salir de
casa para evitar toda suspicacia. Se despidieron de aquel extravagante
gentleman y continuaron su viaje.
Cuando
el ánimo empezaba a decaer a nuestra querida Teresa (una de las tres mellizas)
se le ocurrió visitar otro de los cuentos que ya conocían y decidieron pedir
consejo a su querido amigo el audaz leñador persa quién les dio la solución a sus
problemas. Este amable hombre recordaba con cariño a las niñas y les contó que
en su mundo, “Las mil y una noches”, había un relato que contenía una lámpara
mágica que podría ayudarlas a conseguir su deseo de volver a casa. Fue entonces
cuando las niñas respiraron tranquilas ¡ya tenían la solución! Abrazaron y
despidieron cariñosamente a su amigo, que como sabéis no es otro que AlÍ Babá, satisfecho de haber podido ayudar a
estas desprevenidas y aventureras niñas.
Como conocían
bien el cuento de Aladino, se dejaron de zarandajas y fueron directamente a por
la lámpara mágica, frotaron y frotaron, deseando con todas sus fuerzas regresar
a casa, cada una a la suya claro, las Supernenas a Townsville y las tres
mellizas a su casa.
- ¡Totum revolutum!
- pronunció el genio de la lámpara y como por arte de magia estaban de vuelta
en casa.
Abrieron los ojos
y las tres niñas, Anna, Helena y Teresa se encontraban en sus camitas, la luz
entraba tímida por la ventana desde la cual se apreciaba un conejo blanco que
las miraba curioso.
Salieron
corriendo a mirar el salón que se encontraba impoluto sin rastro de aquella
pintura, ni de la bruja, ni de la manzana…se apresuraron a llegar a la cocina
donde sus padres las esperaban con el desayuno.
–Buenos días
hijas–, las saludaron al unísono.
Entonces se
frotaron los ojos mientras se preguntaban ¿habrá sido todo esto un sueño?
Comenzamos con “Érase una vez”, es un guiño a la serie televisiva de Once
Upon a Time.
Después tenemos la manzana envenenada y el sueño profundo en el que cae
la Bruja al comérsela, lo que nos lleva al cuento clásico de Blancanieves.
A continuación, Las Supernenas y el Profesor Utonio, se relacionan
directamente por el hecho de ser tres personajes femeninos.
De la obra de Alí Babá y los 40 ladrones, podemos ver reflejado como
éste realiza la función de maestro para enseñarles el arte de la picaresca y el
hurto, y más adelante les proporciona la solución de cómo volver a casa por
medio del cuento clásico Aladino.
Por otro lado, el hecho de que caen dentro de la maleta de la Bruja, hace
de conexión con el agujero por el cual cae Alicia y llega al país de las
maravillas, que además nos conecta con el Conejo Blanco que ven las mellizas en
el momento en el que se despiertan del sueño.
También encontramos la presencia de Phileas Fogg, personaje principal de
la obra Vuelta al Mundo en 80 días. En la que al igual que el relato de
Julio Verne, nuestras protagonistas disfrutan del camino y se divierten,
llegando a reconocer que es más importante disfrutar del camino que la propia
meta. Además, encontramos a otros personajes en las que sus obras se basan en
volver a casa como La Odisea de Homero o Don Quijote de la Mancha. Aunque
también tenemos presente a Marco Polo como un personaje histórico famoso
por sus viajes y que aparece en una de las obras literarias de Las Tres
Mellizas.
Por último, queremos destacar también la presencia del Capitán Garfio de
la obra de Peter Pan.
Relato literario:
En la Facultad de Educación de la Universidad de Alicante, un grupo peculiar de estudiantes se reunió para enfrentar el desafío más grande de sus vidas: aprobar la asignatura de Didáctica de la Lectura y la Escritura del profesor José Rovira Collado. El ambiente era tenso, pero su diversidad prometía una experiencia única.
Harry Potter, decidido usar un poco de magia, intentó hacer que los libros se leyeran solos. Sin embargo, Dumbledore, su mentor, le aconsejó que la verdadera comprensión de la lectura no podía ser forzada por hechizos. "La lectura es un arte que requiere paciencia y reflexión", le dijo con una sonrisa.
Mientras tanto, Spiderman, que había llegado a clase tras un largo día de patrullaje, se dedicaba a trepar por las paredes de la biblioteca, buscando el libro perfecto que les ayudara a entender la didáctica de la escritura. "No hay mejor manera de aprender que desde diferentes perspectivas", comentó mientras colgaba boca abajo.
Matilda, única y apasionada, escribía en su cuaderno. "¡Escribamos una carta al profesor pidiéndole que nos explique la importancia de la lectura crítica!" Campanilla, volando alrededor de sus amigos, se unió a la conversación, aportando ideas sobre cómo hacer que la lectura fuera mágica y divertida para los niños.
Don Quijote, con su armadura de caballero, decidió que la mejor forma de abordar la asignatura era a través de la narración de historias épicas. "¡Lucharemos contra los gigantes de la ignorancia!", gritó, inspirando al grupo a pensar en la lectura como una aventura.
Harley Queen, siempre lista para un poco de caos, propuso hacer un proyecto creativo: "¿Qué tal si hacemos un cómic que relacione todas nuestras historias? La lectura puede ser tan divertida como un buen desmadre". La idea gustó a todos, y juntos comenzaron a crear los personajes y tramas.
Finalmente, Coraline, que había estado escuchando atentamente, sugirió que cada uno escribiera un capítulo de su propia historia, pero desde la perspectiva de un niño. "Así entenderemos cómo se siente un lector joven y cómo podemos atraer su atención"
Con el tiempo corriendo, el grupo se unió como un equipo, combinando la magia de Harry y Dumbledore, la agilidad de Spiderman, la seguridad de Matilda, la creatividad de Harley, la valentía de Don Quijote, el brillo de Campanilla y la imaginación de Coraline. Juntos, crearon una obra que no solo cumplía con los requisitos de la asignatura, sino que también celebraba la diversidad de la literatura.
El día del examen, el profesor José Rovira Collado no pudo evitar sonreír al ver la pasión y el trabajo en equipo que había florecido entre sus estudiantes. "La lectura y la escritura son herramientas poderosas", dijo, "y vosotros habéis demostrado que su magia radica en su capacidad de unir diferentes voces y experiencias".
Así, el grupo no solo aprobó la asignatura, sino que también forjó una amistad que duraría para siempre, recordando que la verdadera enseñanza se encuentra en la colaboración y la creatividad.
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