RELATO LITERARIO
EL VIAJE DE LAS LUCES PERDIDAS
Maestras y la fábrica de aprendizaje
Annie despertó una mañana con una melodía desconocida que parecía venir de un lugar desconocido. El orfanato había desaparecido, y en su lugar se extendía un valle cubierto de hierba verde y montañas azules en el horizonte. Vestía su clásico vestido rojo, pero ella sentía una sensación distinta, se sentía muy feliz y llena de vida, como si algo especial estuviera ocurriendo.
Mientras abrazaba a su perro Sandy, notó que no estaba sola. Se dio cuenta que desde una colina cercana bajaba, una niña risueña, era Heidi. Le empezó a hablar de un lugar llamado Las Tierras Entre Mundos, era un lugar que Annie no conocía, un lugar donde se mezclaban montañas azules, bosques susurrantes y caminos que parecían invitar a quienes llegaban buscando un hogar, es decir, a empezar una nueva etapa. Annie, al observar a esa niña con sus mejillas rojizas, que transmitían felicidad, y su alma libre, recordó aquello que había aprendido en el orfanato: que la bondad no se enseña, se contagia. Entonces Annie sonrió y reflexionó diciendo que la bondad se puede encontrar en los corazones más sencillos.
Juntas siguieron caminando y, entre los árboles, apareció una chica pelirroja con un arco en la espalda: Mérida. Las tres juntas caminaron por un sendero desconocido pero Annie tenía miedo de seguirlo sin saber dónde les iba a llevar. Entonces Mérida les dijo que hay que tener valor y enfrentarse a los miedos propios, pero sobre todo al miedo de ser uno mismo. Mientras hablaban seguían caminando por ese sendero tan extraño hasta que llegaron a un castillo en ruinas: Allí se encontraron a una niña escribiendo en un cuaderno, parecía ser Ana de las Tejas Verdes.
Annie se acercó y vio que el cuaderno estaba lleno de nombres tachados y vueltos a escribir: familias, amigas, futuros posibles. Heidi, Annie y Mérida se sentaron con ella mientras y empezaron a contarse sus sueños e ilusiones futuras. Annie confesó que uno de sus sueños era encontrar una familia y entonces fue cuando Ana le explicó que a veces lo más valiente no es luchar, sino creer que uno merece ser amado, porque la esperanza nunca se pierde.
Las cuatro juntas decidieron levantarse y seguir su camino. Llegaron a un río, pero parecía estar congelado. Se dieron cuenta de que alguien estaba danzando con elegancia y melancolía sobre él, se acercaron a curiosear y vieron que era Anastasia, la princesa perdida. Ella les habló sobre su pasado, les dijo que ella en algún momento también había olvidado quién era, pero como moraleja les enseñó que la memoria del corazón puede ser más fuerte que la de la sangre. Annie comprendió entonces que el hogar no siempre se encuentra, sino que se construye con los encuentros.
De pronto, un brillo verde iluminó el cielo: Peter Pan descendió riendo, invitándolas a un lugar donde nadie crece. Pero Annie dijo que ella sí quería crecer, porque solo así podría cambiar el mundo. Peter la miró sorprendido y le dijo que nunca nadie le había respondido así y que era muy valiente por haber llegado a pensar eso.
Cuando el valle volvió a brillar, cada uno tomó su propio rumbo: Heidi hacia las montañas, Mérida a su bosque, Ana a su casa de tejados verdes, Anastasia con su familia y Peter desapareció con un destello. Annie quedó sola, aunque por primera vez no se sintió huérfana.
Había descubierto que cada alma que conoció era parte de ella: la inocencia de Heidi, la fuerza de Mérida, la imaginación de Ana, la nostalgia de Anastasia y la libertad de Peter Pan. En ese instante lo entendió: no era una huérfana, sino una niña completa, formada por todas las personas y experiencias que le habían enseñado a crecer y a creer en sí misma.
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