El reflejo del tiempo
Un día, mientras limpiaba en el desván de mi abuela, encontré una vieja caja de madera cubierta de polvo. No tenía nada especial, solo un pequeño espejo pegado en la tapa. Al abrirla, una brisa extraña me envolvió, y de pronto, ya no estaba en mi casa, sino rodeada de relojes derretidos que colgaban de los árboles. Caminé sin saber hacia dónde iba, hasta que oí una voz que decía: — ¡No puedo más! —exclamó —. ¡Siempre tarde, siempre corriendo! ¿Acaso el tiempo no puede detenerse ni un segundo? Era el conejo de Alicia en el País de las Maravillas, corriendo de un lado a otro, con su reloj. Me quedé mirándolo, pensando que ni siquiera un conejo mágico puede controlar el tiempo. En ese instante el espejo de la caja comenzó a brillar. Me reflejé en él y me vi a mí, pero más mayor, con mis mismos ojos pero más cansados. El conejo se acercó a mí y me dijo al oído: — El tiempo no corre, eres tú quien lo persigue. Cuando parpadeé, estaba otra vez en el desván. La caja seguía abierta y en el espejo aún se reflejaban los relojes derritiéndose. Desde entonces, cada vez que me miro en él, oigo al conejo diciéndome: — “Para un momento… antes de que el tiempo se derrita contigo.”
Referencias adicionales
- Caroll, L. (1865) Alicia en el País de las Maravillas. Macmillan & Co.
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