Acontinuación, podéis leer nuestro relato sobre Pippi Calzaslargas y los personajes con los que la hemos relacionado:
PIPI Y EL VALOR DE LA AMISTAD
En Villa Villekulla siempre había ruido: los cascos del caballo sobre el suelo, las risas de Pippi al dar volteretas, y los silbidos del viento que hacían bailar las cortinas. Aunque no tenía madre y su padre vivía lejos, Pippi nunca decía que estaba sola. Tenía a su caballo, y al señor Nilsson, su pequeño mono, que siempre encontraba la manera de hacerla reír, incluso en los días más tristes.
Pero, a veces, cuando el sol se escondía muy temprano y la casa quedaba en silencio, Pippi se sentía vacía. Entonces encendía una vela, se sentaba junto a sus amigos y cerraba los ojos. En esos momentos, Pippi imaginaba que otras niñas venían a visitarla y que se hacían amigas de ella, así todo era más fácil.
La primera en llegar era Jessica, era tímida pero su mirada decía todo. Luego llegaba Coraline, con su impermeable amarillo, contandole sus historias más increíbles y fantasticas. A Pippi le encantaba hablar con ella, ya que le gustaban sus historias de mundos raros; decía que tener curiosidad era una forma de no tener miedo.
Kamala ayudaba a calmar al caballo y mono de Pippi. Ella, mantenía horas y horas de conversación con ellos.
De repente, Kim se deslizaba por una cuerda invisible y llegaba hasta Villa Villekulla, lista para cualquier aventura. Pippi la imaginaba riéndose mientras arreglaban juntas los desastres del señor Nilsson.
Después, desde lo más alto de los árboles, llegaba Aloy, con hojas en el pelo y con un gran espíritu explorador. Hablaba con el caballo sobre montañas, ríos y secretos del viento. Pippi escuchaba fascinada y sorprendida.
En un rincón del jardín, Clementine tejía pulseras para todos. Más tarde, Arya jugaba con un palo como si fuera su espada más poderosa. Pippi pensaba que aquella niña era como un rayo: pequeña, pero con fuerza suficiente para mover tormentas.
Y, por último, Ahsoka aparecía entre las estrellas, con una luz suave. Hablaba poco, pero su mirada hacía que todo pareciera posible.
Pippi los observaba a todos y sentía que, aunque no fueran reales del todo, eran parte de su familia. Cada una le recordaba a un valor distinto: la valentía, la curiosidad, la bondad, la alegría, la calma, la esperanza, la fuerza y la fe.
Cuando la vela se apagaba, el caballo ya dormía y el mono se acurrucaba junto a ella, Pippi murmuraba:
—No necesito mamá ni papá para tener un hogar. Lo tengo aquí, entre mis amigos, los que puedo tocar… y los que solo puedo imaginar.
Y con eso, el huequito del pecho se hacía pequeño, tan pequeño, que se convertía en una estrella más sobre Villa Villekulla.
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