Enlace al relato literario:
Aquella noche, el cielo parecía un libro abierto. Las Tres Mellizas —Anna, Teresa y Helena— miraban las estrellas desde su ventana. Cada una veía algo distinto: una vio una espada brillante, otra un lazo de luz, y la tercera, una casa de tres torres.
—Quizá sea una constelación nueva —dijo Teresa.
—O un mensaje escondido —añadió Anna.
—Sea lo que sea, tenemos que descubrirlo juntas —concluyó Helena.
De pronto, un destello violeta atravesó el cielo. La Bruja Aburrida apareció sobre su escoba, con su eterna mezcla de fastidio y picardía.
—¿Otra vez soñando despiertas? —rió—. Si tanto os gusta imaginar, id a buscar la constelación del tres… pero cuidado: los espejos no siempre muestran la verdad.
Con un gesto de su varita, las mellizas fueron absorbidas por una nube brillante y cayeron en un mundo donde todo era reflejo y símbolo.
Allí, encontraron tres puertas. En la primera, tres niñas con poderes de colores luchaban juntas contra la oscuridad.
—Son como Las Supernenas —dijo Helena—. Cada una diferente, pero juntas son invencibles.
—Como nosotras —añadió Teresa, con una sonrisa.
En la segunda puerta, tres hombres cruzaban espadas al grito de “uno para todos y todos para uno”.
—Los Tres Mosqueteros —susurró Anna—. Su lema es justo lo que nos mantiene unidas.
Y en la tercera puerta, tres cerditos soplaban contra un viento feroz. Las mellizas comprendieron que el trabajo en equipo siempre resistía más que el miedo.
La Bruja Aburrida las observaba desde lo alto. Su magia no era maldad, sino un desafío. Como La Celestina, conocía la mente humana; como Úrsula o Yzma, escondía sabiduría bajo sus fracasos cómicos.
—Sin mí os aburriríais —dijo, cruzando los brazos.
—Y sin ti no aprenderíamos tanto —respondió Helena con dulzura.
Más adelante, en un bosque de libros flotantes, las mellizas encontraron a Hermione Granger, que les habló de cómo el estudio también es un tipo de hechizo. Más allá, Matilda hacía levitar un lápiz solo con la fuerza del pensamiento, y Mary Poppins les guiñó un ojo desde el cielo, enseñándoles que la imaginación puede convertir lo cotidiano en magia.
—La magia no es poder —dijo Anna—. Es conocimiento.
—Y también alegría —añadió Teresa, tarareando “Qué bonito es querer”, como si la canción brotara sola del aire.
En el camino de regreso, las mellizas vieron reflejos de otras historias: Heidi corriendo entre montañas, El Principito cuidando su rosa, Pippi Calzaslargas riendo sin miedo, Bluey jugando en familia.
De cada uno aprendieron algo distinto: la curiosidad, la empatía, la libertad y el juego.
Cuando al fin hallaron la salida, comprendieron que la constelación que buscaban no estaba en el cielo, sino en ellas mismas. Tres luces distintas que brillaban más cuando estaban juntas.
—Somos como Elsa y Anna —dijo Helena—. A veces discutimos, pero siempre nos encontramos.
—O como Los Pitufos —añadió Teresa riendo—. Si uno se cae, todos corremos a ayudar.
La Bruja Aburrida apareció una última vez, flotando sobre ellas.
—Vaya, vaya… parece que habéis entendido la lección —dijo con fingido enfado.
—Sí —respondió Anna—. Que el tres no es solo un número. Es equilibrio, unión y amistad.
La bruja sonrió, y por un instante, sus ojos parecieron brillar con orgullo. Luego desapareció en una nube dorada, dejando en el aire un leve eco de música y risas.
Las mellizas miraron el cielo. La constelación que habían imaginado brillaba ahora con fuerza: tres estrellas y una más arriba, como vigilando.
—La nuestra —susurró Helena.
—Y también la suya —añadió Teresa.
Porque incluso las brujas aburridas enseñan grandes lecciones… cuando hay tres hermanas dispuestas a aprender.
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