“Cuento: no cojas lo que no es tuyo o te darás un disgusto.”
Érase una vez, tres pequeñas mellizas que iban juntas de camino al colegio, algo aburridas, porque no les gustaba nada ir.
- Uff que aburrido- suspiró una de ellas.
- Ya ves- dijo otra.
Entre suspiros y quejas, cayó en frente de ellas una estrecha maleta al suelo haciendo tanto ruido, que parecía que dentro había un elefante. Las tres niñas, viendo que cualquier excusa era buena para librarse de ir al colegio, abrieron aquella maleta y empezaron a sacar todo lo que había en ella. Tenía una gran cantidad de cosas, parecía que no tenía fin.
Mientras andaban felices jugando con los objetos de la maleta, no se dieron cuenta de que por sus cuerpos salieron enormes ronchas rojas que, además de ser muy grandes, picaban un montón.
- ¡¡¡¡AHHHH!!!! -gritaron las tres, mientras se miraban las unas a las otras.
Entonces, del picor, se rascaron con todo lo que pillaban: farolas, bancos, vallas...
Mientras se rascaban, escucharon una risa burlona sobre sus cabezas. Era La bruja, que se estaba burlando de ellas. De la rabia que tenían, le tiraron la maleta a la cabeza, para que ella cayera de la escoba. Así pasó, la bruja se cayó de cabeza a los arbustos.
- ¡¿Pero qué os pasa?!- gritó la bruja mientras se sacudía las hojas.
- Será a tí- recriminaron- Seguro que tú nos has hecho esto para darnos alguna de tus "leccioncitas".
La bruja las miró de arriba a abajo y después examinó el objeto que les había lanzado. Atando cabos rápidamente, se dió cuenta de la situación y regaño a las tres.
- Ya me hubiera gustado haber sido yo la que os ha hecho esto- dijo la bruja enfurruñada- Para vuestra suerte, sé de quién es esta maleta, seguidme.
La bruja cogió la maleta y comenzó a caminar mientras las niñas se rascaban como monos rabiosos y lloraban sin parar. Estuvieron andando hasta que llegaron a una esquina, donde había una muchacha con un paraguas y un sombrero peculiar, esperando pacientemente a la bruja.
- Mary querida, aquí tienes tú maleta- le dijo amablemente La bruja a Mary Poppins.
- Muchas gracias amiga, ya la daba por perdida.
Mientras cogía la maleta, vio a las tres pequeñas escocidas de tanto rascarse. Poppins soltó una risilla y se acercó a ellas.
- Eso os pasa por coger lo que no es vuestro sin permiso- dijo Mary a las tres niñas.
Después de pronunciar estas palabras, Mary Poppins les dió un golpecito a cada una en la cabeza con el paraguas. Cuando las pequeñas se frotaron la zona del golpe, se dieron cuenta de que las manchas y el picor habían desaparecido. Ellas rieron felices y se abrazaron.
En el momento en el que querían dar las gracias y pedir disculpas a la peculiar señorita, ella y la bruja ya estaban volando, una con su paraguas y la otra con su escoba.
Tras eso, las tres mellizas siguieron su camino cuando, de pronto, a pesar de estar en primavera, comenzó a nevar. Los copos parecían brillar con una luz especial y decidieron seguirlos. Cuando consiguieron llegar, descubrieron una gran puerta de hielo con forma de copo de nieve. La curiosidad pudo con ellas y decidieron cruzarla. Fue entonces cuando de repente, aparecieron en un bosque blanco y silencioso: habían llegado al reino de Narnia.
Allí se encontraron con un fauno que les advirtió que debían marcharse antes de que las viera la Reina de las Nieves. Cuando se marchaban, la Reina apareció, rodeada de un manto helado que recordaba a las canciones de Frozen. Un poco enfadada, la reina les preguntó qué hacían en sus tierras y decidió castigarlas por haber invadido su territorio, pero fue entonces cuando una voz alegre sonó en el aire:
-¡Treguna Mekoides Trecorum Satis Dee!-
Era la Bruja Novata, que llegó volando en su cama mágica para salvarlas. Conjuró un hechizo y en un instante, las mellizas despertaron frente a su colegio, como si todo hubiera sido un sueño.
Una vez en el colegio, pasó una pequeña sombra con alas, dejando caer un poco de polvo dorado: era Peter Pan, que susurró desde el viento:
- El poder de la imaginación y la magia… -
Las mellizas sonrieron, acordándose de lo que les dijo Mary Poppins y sabiendo que habían aprendido una gran lección: no coger nunca lo que no es suyo, y creer siempre en la magia de las cosas buenas. Y colorín colorado, este cuento ha terminado.
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