El jardín de las llaves rotas
El sonido del reloj marcó las 3:33 cuando Coraline abrió los ojos.
Otra vez la misma pesadilla: la casa susurrando su nombre, la voz de su madre alternativa prometiéndole un hogar “más luminoso”. Pero esa noche, el sueño no terminó con su despertar. En el suelo, bajo la alfombra, algo brillaba débilmente: una llave con forma de corazón, oxidada, y un papel doblado que decía:
“Para volver a entrar, debes recordar el camino.”
Coraline suspiró. “Otra puerta, otra historia”, pensó.
Se colocó su abrigo amarillo, metió la llave en el bolsillo y bajó al sótano. Allí, la vieja puerta estaba abierta, respirando una neblina azul. Al otro lado, un bosque que olía a pan recién hecho y madera quemada. Siguió el aroma y llegó a una casita de jengibre medio derruida. Dentro, una anciana horneaba galletas con una sonrisa demasiado amplia.
—¿Quieres probar una? —dijo—. Son dulces... como los sueños que nunca se cumplen.
Coraline recordó a los hermanos del cuento y retrocedió un paso [1]. “No todas las casas que huelen bien son seguras”, pensó.
El sendero del bosque desembocó en un claro donde un espantapájaros le hacía señas.
—Si buscas respuestas, sigue la senda dorada— le aconsejó, agitando su sombrero de paja.
La tierra formaba un camino de baldosas amarillas, aunque gastadas, como si el tiempo hubiera olvidado su brillo [2].
Avanzó hasta toparse con un farol encendido bajo un árbol de hojas plateadas. De su copa caía nieve, aunque el cielo estuviera despejado. Coraline pensó en Narnia y en los inviernos que no terminan [3].
De entre los arbustos, una niña de cabello rizado movió los libros con la mirada.
—Nada se pierde si se recuerda —dijo, antes de desaparecer con una sonrisa traviesa [4].
El aire cambió. Una canción metálica sonaba a lo lejos: “I wanna heal, I wanna feel...”
La melodía de Linkin Park se mezclaba con el susurro del bosque y el sonido de pasos que no eran suyos [5].
Siguió el eco hasta encontrar una mansión con ventanas de ojos. Parecía viva. La puerta se abrió sola, y dentro, los muebles se movían como animales atrapados. Monster House, pensó, aunque no había nadie para oírla [6].
En el salón principal, una niña con vestido negro pintaba mariposas en las paredes.
—Me llamo Alice —dijo sin mirarla—. Aquí los relojes caminan hacia atrás.
Al fondo, un espejo mostraba un escenario con cortinas rojas. En él, otra Coraline bailaba con hilos en las manos, como una marioneta.
—Tienes que decidir cuál de las dos se queda —dijo Alice antes de desaparecer [7].
De repente, el suelo se quebró. Coraline cayó al agua helada de un lago oscuro. Entre los reflejos vio la silueta de una criatura con ojos de botón y dedos de aguja.
—No soy tu madre —susurró aquella voz—. Pero puedo hacerte perfecta.
Coraline alzó la piedra azul que guardaba desde su primera aventura y la arrojó contra el espejo del lago.
El cristal se hizo añicos y el mundo se dobló sobre sí mismo, como un libro que se cierra.
Despertó en su habitación. Sobre la mesilla había un reloj roto, una galleta a medio comer y un hilo rojo que se movía solo.
Coraline lo siguió con la mirada: se perdía bajo la puerta del armario, que ahora temblaba levemente.
—“Los mundos se rompen cuando las niñas dejan de soñar” —recordó.
Al abrirla, vio un semáforo parpadeando dentro del armario. Debajo, una chica con un abrigo gris la observaba, sosteniendo una linterna.
—El camino solo se abre con la luz correcta —dijo la chica del semáforo, y el rojo del foco iluminó un sendero flotante en el aire.
Del otro lado apareció un niño con una sombra dorada y una mirada antigua.
—Soy Peter, o lo fui alguna vez —susurró—. Aquí los niños perdidos se esconden de los relojes.
El sendero los condujo hasta un edificio cubierto de niebla: un orfanato donde las paredes respiraban y los juguetes susurraban nombres. Coraline oyó voces detrás de las puertas cerradas, risas que recordaban a las del Upside Down.
—Este lugar está al revés —dijo una voz—. Algunos mundos se conectan por error.
La puerta del fondo se entreabrió y el hilo rojo volvió a aparecer. Coraline distinguió a Once, inmóvil, con los ojos brillando.
—Corre… antes de que se cierre —susurró.
Coraline dio un paso, la luz parpadeó… y el silencio se hizo espeso.
Y, sin saber por qué, volvió a abrir la puerta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario