RELATO LITERARIO
LA TRAVESÍA DE VETUSTA MORLA
Desperté después de siglos de sueño. El barro de Fantasía aún cubría mi caparazón, pero algo distinto me llamaba: un murmullo de voces, un eco de páginas y canciones que se entrelazan en el aire. Frente a mí, sobre la hierba, brillaba un mapa hecho de luz. En el centro podía leerse un nombre antiguo: “Los mundos de Vetusta Morla.”
Moví mis patas con lentitud. A cada paso, el suelo cambiaba, como si la tierra recordase los sueños de quienes la habían pisado.
Primero llegué a un claro donde una niña perseguía a un conejo blanco. “Aquí la llave que abre todas las puertas es la curiosidad” , me dijo con una sonrisa traviesa. Y comprendí que la sabiduría comienza por preguntar, no por saber.
Más allá, un viento de montaña me llevó a una aldea donde un pequeño hobbit fumaba en calma frente a su puerta. “No hacen falta grandes gestas para cambiar el mundo”, me confesó. “A veces basta con volver a casa”. Yo que había vivido miles de años de inmovilidad, lo entendí: también el reposo tiene su aventura”.
Seguí avanzando hasta que el bosque se volvió dorado. Entre árboles, una niña invisible caminaba cantando: “No me veas con los ojos, sino con el alma”. Cada verso suyo se hacía invisible por un instante, como si la poesía pudiera materializarse.
Crucé un río donde una joven pintaba raíces que salían de su pecho, y comprendí que aquel arte era una confesión Frida, la de los colores imposibles, me saludó sin palabras, su mirada bastaba. Detrás de ella, una figura inmensa y serena, Gaia, la diosa Tierra, me observó con ternura. “Tú también eres parte de mí”, dijo. Sentí que mi caparazón, cubierto de musgos y siglos, era su reflejo.
Una nota musical me hizo levantar la cabeza, sonaba una melodía lejana de Auryn y Vetusta Morla, mi eco humano. “La música”, pensé, “es el idioma que los mudos usan para recordarse los unos a los otros”
Las notas me llevaron hasta un cielo de luces eléctricas: Una muchacha con poderes que levantaba libros y muñecos con la mente, mientras un grupo de amigos corría en bicicleta por un pueblo que no era del todo real. Allí entendí que la nostalgia también puede ser un portal.
En el horizonte, una niña de pelo corto viajaba en tren junto a un espíritu sin rostro. Les observé en silencio, comprendiendo que el viaje nunca termina mientras exista la memoria.
Finalmente regresé al centro del mapa. Sobre una piedra reposaba un libro abierto, en el que se podía leer una frase que conocía bien: “La nada avanza cuando olvidamos soñar.”
Entonces comprendí que mi misión no era dormir bajo la tierra, sino seguir caminando entre historias. Porque cada mundo, cada canción, cada pincelada, era un intento de resistir al olvido.
Cerré los ojos. El viento trajo de nuevo la melodía de The never Ending Story. Y supe que, mientras alguien recuerde mi nombre, Vetusta Morla seguirá viva, custodiando las fronteras de la imaginación.
Notas Intertextuales
Alicia en el país de las maravillas
El Hobbit
La niña invisible
Frida Kahlo: raíces, Gaia, la diosa tierra
Gracias a la vida- Violeta Parra; Copenhagen- Vetusta Morla
Stranger things
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