RELATO LITERARIO
Momo y el Reloj sin Manecillas
Fotografía Generada Mediante el uso de la I.A (Chat GPT)
Momo vivía en un viejo anfiteatro, en medio de una ciudad donde todos parecían correr sin descanso. La gente se apresuraba de un lado a otro, pendiente de relojes que nunca se detenían. Ella, en cambio, sabía detenerse, escuchar y mirar con calma.
Un día se preguntó:
—¿Qué es en realidad el tiempo?
De pronto apareció un conejo blanco con un reloj roto. Al seguirlo, Momo entró en un mundo donde el tiempo se volvía extraño: relojes blandos como helado que se derretía al sol, escaleras que no llevaban a ninguna parte, y canciones que hablaban de rutina y ansiedad, como si el mundo entero cantara la prisa y la preocupación.
En su viaje, Momo encontró niños que guardaban secretos para vivir de verdad: Peter Pan, que se negaba a crecer; Pippi Calzaslargas, que vivía sin reglas ni límites; El Principito, que recordaba que lo esencial solo se ve con el corazón; y Alicia, que jugaba con un tiempo loco e ilógico. Ellos le mostraron que la infancia libre podía dar otra mirada a la vida, más plena y consciente.
Pero no todo era alegría. Al regresar a la ciudad, Momo se topó con los Hombres Grises, figuras sombrías que fumaban cigarros hechos del tiempo robado y guardaban las horas de las personas en sus maletines.
—El tiempo es nuestro —decían—. La gente trabaja, corre y olvida.
Momo comprendió entonces que los Hombres Grises no eran distintos de otras fuerzas oscuras que había visto reflejadas en los sueños y en los libros. Eran como los tribunales infinitos de Kafka, donde las personas quedaban atrapadas en juicios sin fin; como las ciudades ciegas de Saramago, donde al perder la vista también se perdía la humanidad; como las bibliotecas en llamas de Bradbury, donde el conocimiento y la imaginación eran destruidos para mantener a todos en la ignorancia; y como el espectáculo de Truman, donde la vida entera se construía para mantener a la gente dormida y conforme.
Momo entendió que los Hombres Grises representaban la prisa, la obediencia ciega, el miedo a detenerse. No robaban con violencia, sino con distracción, cansancio y olvido. La verdadera lucha no era contra ellos, sino contra la costumbre de vivir sin darse cuenta de cuánto tiempo se pierde cuando se deja de sentir.
Para enfrentarlos, Momo cerró los ojos y recordó la fuerza de la imaginación: un libro sin final, ciudades invisibles y sueños que liberan. Un viento nuevo sopló, llenándola de esperanza. Con esa fuerza, habló con claridad:
—El tiempo que se comparte con amor y amistad nunca puede ser robado.
Y los Hombres Grises se deshicieron, como humo llevado por el viento.
Al final, Momo caminó por un desierto junto a un viajero vestido de rojo. No hablaron, pero supieron que estaban unidos. Entonces comprendió:
—El tiempo no se mide en relojes, sino en abrazos, risas y recuerdos que nunca se gastan.
Cuando regresó al anfiteatro, sus amigos la esperaban. Se sentaron juntos a contar historias y descubrieron que sobre ellos brillaba un reloj sin manecillas, símbolo de un tiempo verdadero: aquel que se vive despacio, compartido, sin prisa y con el corazón abierto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario