lunes, 20 de octubre de 2025

CRelato, 8Matilda, IBallester

LA BIBLIOTECA DE LAS CHICAS PERDIDAS

La noche era tan oscura que parecía tragarse los pensamientos. Matilda caminaba sola, descalza, con un libro apretado contra el pecho. En casa, nadie había notado que se había ido. Nadie nunca notaba nada. Buscaba un lugar donde el ruido de las voces adultas no pudiera alcanzarla. 

En un muro cubierto de musgo encontró una puerta diminuta y con una palabra preciosa tallada en la madera: LECTORAS. Empujó la puerta, y el mundo se dobló como una página. Adentro, la biblioteca se extendía hasta el infinito. Los pasillos parecían moverse por sí solos, los libros murmuraban en lenguas antiguas y las luces flotaban como luciérnagas. Matilda avanzó con el corazón latiendo, sintiendo que, por primera vez, la magia no dolía. 

En el primer pasillo se encontró con una muchacha de trenzas pelirrojas y botas de colores desiguales¹. Estaba subida en una estantería, colgada boca abajo, riéndose mientras giraba un globo terráqueo. 

—¿Tú también escapaste de los mayores aburridos? —preguntó sin bajarse—. Aquí no hay reglas, ni deberes, ni horarios. Solo aventuras. 

Matilda sonrió. —Pero… ¿sin leer? 

La muchacha la miró con picardía. —Claro que leemos, ¡solo que no para obedecer, sino para imaginar! 

De pronto, una melodía suave comenzó a sonar entre los estantes. La voz era cálida y melancólica: 

“You can let it go now, Matilda…” 

“You don’t have to be sorry for leaving and growing up…” 

La canción² resonaba por todo el pasillo. Matilda la escuchó y pensó que quizá aquella voz venía de otra realidad, una donde las niñas heridas aprendían a perdonar y seguir adelante. Más adelante, en una galería de espejos, una joven de mirada serena y vestido amarillo³ la observaba desde un cuadro. El reflejo del libro entre sus manos iluminaba la sala con una luz dorada. 

—Cuando lees —dijo la mujer del retrato—, el mundo se detiene un momento y te escucha. 

Matilda se acercó, tocó el marco, y por un instante, el olor del papel viejo la envolvió. Entendió que leer era otra forma de existir, más libre y menos dolorosa. 

Al fondo del siguiente pasillo, un rugido suave rompió el silencio: risas, gritos, pasos veloces. Una chica con un camisón blanco apareció volando sobre una corriente de aire invisible⁴. 

—¡Ten cuidado! —dijo mientras descendía—. Aquí los pensamientos pesan, y si piensas demasiado, dejas de volar. 

Matilda la miró, sorprendida. —¿Y cómo haces para seguir en el aire? 

—Recordando que crecer no significa olvidar quién eras —respondió con nostalgia—. Ni dejar de creer que lo imposible puede pasar. 

En una esquina más oscura, sentada sobre una pila de diccionarios, una chica vestida de negro⁵ escribía en un cuaderno. 

—Supongo que tú eres la nueva —dijo sin levantar la vista—. La biblioteca te ha traído porque algo en ti está roto… y eso la atrae. 

—¿Roto? —preguntó Matilda. 

—Sí. Los que sufren de infancia suelen tener mentes peligrosas. —Sonrió apenas—. No lo tomes a mal, es un cumplido. 

Matilda no supo si reír o preocuparse. Pero algo en la frialdad de aquella chica la tranquilizaba. Era una honestidad distinta, sin compasión vacía. Más adelante, entre columnas de mármol y velas encendidas, una mujer de mirada aguda trazaba líneas con una pluma dorada⁶. 

—Toda historia tiene un punto de inflexión —le dijo a Matilda sin apartar la vista del papel—. El momento en que decides si eres víctima o autora. 

—¿Y cómo se elige? 

—Pensando —respondió—. Esa es la verdadera rebeldía: usar la cabeza en un mundo que te dice que no pienses. 

Matilda asintió. Aquellas palabras se clavaron en su pecho como una semilla. De repente, las luces de la biblioteca titilaron. Un murmullo grave recorrió los estantes, y una sombra alta se deslizó entre los libros. 

—¿Crees que puedes huir del mundo real? —susurró la voz de un adulto invisible —. Las niñas deben obedecer, no leer. 

Matilda sintió el miedo antiguo volver, el de los gritos, las burlas, las órdenes injustas. Pero no estaba sola. 

La muchacha de las trenzas golpeó el suelo. 

La que sabía volar desplegó los brazos, dejando caer polvo de estrellas. 

La de negro cerró su cuaderno y levantó una ceja. 

La mujer de la pluma alzó su mano. 

Y la del retrato dejó escapar un resplandor dorado. 

Matilda abrió su libro. La canción volvió a sonar, suave pero firme: “You can start again, Matilda…” Y el aire se llenó de letras luminosas. La sombra se disolvió, palabra por palabra, hasta desaparecer por completo. La biblioteca quedó en calma. 

La de las trenzas le guiñó un ojo. —No te olvides de divertirte, genio. 

La que volaba le tomó la mano. —Y de seguir creyendo. 

La que escribía con pluma sonrió. —Sigue escribiendo tu historia. 

La de negro murmuró: —Y no te fíes de los adultos. 

Matilda cerró el libro. Sabía que tenía que volver al mundo real, pero ya no era la misma. Había aprendido que el conocimiento, la lectura y la imaginación eran su poder, su refugio y su venganza dulce. Cuando cruzó la puerta, el amanecer la esperaba. Y por un instante, juraría que el viento traía un eco lejano: “You can let it go now, Matilda…”


Clave de personajes

¹ Muchacha de trenzas y botas de colores desiguales → Pippi Calzaslargas
² Canción que suena entre los estantes → “Matilda” de Harry Styles
³ Joven de mirada serena con un libro iluminado → La lectora (Fragonard)
⁴ Chica que vuela sobre una corriente de aire invisible → Wendy (Peter Pan)
⁵ Chica vestida de negro escribiendo en su cuaderno → Wednesday
⁶ Mujer con pluma dorada trazando líneas entre velas → Dorotea (Don Quijote)

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