viernes, 24 de octubre de 2025

CRelato, 7Galadriel. VIIIOMartínez

 RELATO

LA FOTO IMPOSIBLE

Era una mañana soleada en la Universidad de Alicante. El campus brillaba entre palmeras y estudiantes con mochilas apurados por llegar a clase. En el aula 2.2 del edificio de Educación, un grupo muy peculiar intentaba concentrarse mientras su profesora, Galadriel, explicaba pacientemente las bases del aprendizaje de la lectura.

 —Recordad, queridos míos —dijo con su voz suave pero firme, rodeada de un leve resplandor dorado—, leer no es solo juntar letras, sino comprender la luz que esconden las palabras. 

En la primera fila, Elsa levantó tímidamente la mano. —Profesora Galadriel… ¿podríamos irnos un poco antes hoy? Tenemos que hacernos la foto de la orla —dijo, con una sonrisa helada pero encantadora.

Yoda, que apenas asomaba sobre el pupitre, asintió con sus grandes orejas. 
 —Importante, la orla es. Retrasarla, no debemos

Éowyn, con su melena rubia y su porte guerrero, añadió: 
 —Mi señora, no quisiera faltar al deber, pero sería deshonroso salir mal en la imagen que quedará para la posteridad.

 Y Daenerys Targaryen, cruzando los brazos con altivez, sentenció: 
 —Una reina siempre debe salir bien en los retratos. Los dragones no toleran malas fotos.

Galadriel los observó con su mirada sabia. Sabía reconocer la verdad en los corazones ajenos… pero decidió confiar. 
 —Id, pues —dijo con serenidad—. Que la luz de Aman ilumine vuestras fotografías.

El grupo se marchó con pasos apresurados, riendo y cuchicheando entre ellos. En la puerta del Aulario II los esperaba Neytiri, la fotógrafa oficial de la facultad, con su cámara colgada y la piel azul resplandeciente bajo el sol de Alicante. 

Al día siguiente, los mismos cuatro volvieron a aparecer en clase, un poco más despeinados de lo habitual.


—Profesora… —dijo Elsa, jugando con una trenza—. Tenemos que volver a hacernos las fotos. Salimos… raros.

—Borrosa, mi imagen quedó. En el foco, confiar no debí —gruñó Yoda.

Galadriel alzó una ceja. Algo no encajaba. 
—Muy bien —dijo al fin—. Pero esta vez… dejad aquí vuestras cosas y marchad sin tardanza.

Apenas salieron del aula, Galadriel dejó a los demás alumnos copiando un ejercicio de lectura y, con la ligereza de los elfos, decidió seguirlos en silencio. Cruzó el pasillo, descendió por las escaleras del Aulario, atravesó el estanque junto a las tortugas… y vio cómo el grupo se dirigía, no al edificio donde estaba Neytiri, sino hacia la zona del Madpilots, el bar universitario más animado del campus.

 Desde detrás de una palmera, Galadriel observó cómo Elsa pedía un café helado, Yoda se subía a una silla para alcanzar una tostada, Éowyn destapaba una pajita como si fuera una espada, y Daenerys daba órdenes al camarero como si fuera uno de sus súbditos.

 —¡Por el anillo de Nenya! —susurró la profesora, indignada—. ¡Han osado mentirme!

Su luz interior se intensificó, y con paso firme entró al bar. El murmullo se detuvo. Todos los estudiantes se giraron al verla, irradiando una presencia tan majestuosa que hasta el ventilador del techo pareció inclinarse ante ella.

 —¿Así que esta es vuestra “foto de la orla”? —preguntó con calma Galadriel.

Elsa tragó saliva. 
 —Bueno… era… una pausa artística antes del retrato. 

—Una pausa muy larga, sí fue —murmuró Yoda. 
Éowyn bajó la mirada.

Daenerys, sin perder su dignidad, se cruzó de brazos. —No mentimos, Galadriel. Simplemente… reinterpretamos la verdad.

 Galadriel suspiró, conteniendo una sonrisa. 
—En la Tierra Media, eso se llama engaño.

Entonces, con sorprendente rapidez para una elfa milenaria, los tomó a todos por las orejas —sí, incluso a Yoda, que chilló “¡Doloroso esto es!”— y los llevó de nuevo al aula, cruzando todo el campus entre las risas de los demás estudiantes.

De vuelta en clase, los sentó frente a los libros. 
—Que esta sea la última vez que confundís una lección con una aventura —dijo con solemnidad.

El grupo asintió avergonzado… aunque Elsa y Daenerys intercambiaron una mirada cómplice.

Y al fondo, un leve destello azul se vio por la ventana: Neytiri, con su cámara, los fotografiaba en secreto mientras sonreía. 

Porque, al fin y al cabo, quizá esa sí fuera la foto perfecta para la orla.

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