domingo, 19 de octubre de 2025

CRelato, 6Dorothy, VIIIOMartínez

 RELATO

No hay lugar como el hogar 

https://www.youtube.com/watch?si=-tRLS50M-8kLJzUS&v=6BNFEoB4G14&feature=youtu.be 

           Dorothy no recordaba cuándo había empezado a oír los pasos. Siempre detrás de ella.
A veces, tres.
A veces, cuatro.

        El camino de baldosas amarillas ya no conducía a ninguna parte. Se desmoronaba a medida que avanzaba, como si el suelo se arrepintiera de dejarla pasar. La bruma olía a metal y flores podridas.

       —Solo quiero volver a casa —susurró.

       El eco respondió: —¿A cuál?

       Se detuvo.
       No había nadie. Solo los zapatos. Brillaban bajo la luz rojiza, con un pulso propio. Cada chasquido contra el suelo parecía acercar algo invisible.

        Recordó a Karen, la chica de Los zapatos rojos, que bailó hasta morir.
A veces pensaba verla entre los árboles, descalza, sonriendo con los pies ensangrentados.

        Dorothy caminó más rápido.
        A lo lejos, divisó una cabaña.
        En la puerta colgaba un cartel oxidado: “Refugio”.

        Dentro olía a leña y pan.
        Sobre la mesa había una tetera, tres tazas, y una foto: una niña con coletas, una anciana y un perro.
        Su familia.
        Solo que la niña... no tenía rostro.

        —Llegas tarde —dijo una voz femenina.

        Era la Bruja del Oeste, pero vestía de civil. Pantalones, camisa, cabello recogido.
        —No soy quien crees —añadió—. Te han mentido, Dorothy. No eres la viajera... eres la llave.

        Dorothy retrocedió.
        La bruja sonrió.
        —¿De verdad no te preguntas por qué nunca recuerdas cómo llegaste aquí?

        El suelo se agrietó.
        Debajo, no había tierra, sino cientos de espejos. En cada uno, una versión suya gritaba, lloraba o reía.
        —Son las otras tú —susurró la bruja—. Las que caminaron antes. Las que no salieron.

        Dorothy miró su reflejo: los ojos le sangraban. Los zapatos parecían fundirse con la piel. —No... no puede ser...
        —¿Qué crees que hace el hechizo del camino? —preguntó la bruja, acercándose—. Cada viajera lo recorre una vez. Luego... se convierte en parte de él.

          Dorothy se abalanzó hacia la puerta, pero del otro lado no había bosque: solo un desierto de espejos rotos.
             En uno de ellos vio a Alicia, corriendo con una taza de té rota. En otro, a Jane Eyre, ardiendo en un Thornfield sin fin. En el último, una niña rubia: ella misma, pero de otro tiempo.

        La niña le habló desde el espejo: —No debiste quitarte los zapatos.

        Dorothy bajó la vista.
        Sus pies estaban desnudos. Los zapatos... ya no estaban.

        Detrás de ella, el suelo comenzó a moverse.
        De la grieta surgieron manos.
       Karen emergió primero, arrastrándose con un sonido seco. —Me los devolviste —dijo—. Qué amable.
         Se puso los zapatos.
         Las luces parpadearon.
         El mundo cambió.

         Dorothy ya no estaba en el bosque.Estaba en un cuarto blanco.
         Una mujer con bata la observaba detrás de un cristal.
         —Paciente 37 vuelve a presentar episodios de disociación —anotó alguien.
         —¿Dónde estoy? —gritó Dorothy. Pero nadie respondió.

         En la pared, una frase garabateada con sangre decía:

         “No hay lugar como el hogar.”

         Dorothy se miró las manos. Sostenía algo.
         Dos zapatos rojos. Mojados. Y en el reflejo del cristal, la mujer de bata sonreía. Era ella misma.

Dorothy no estaba en Oz, sino en una institución psiquiátrica, reviviendo en bucle su propio trauma.

Notas intertextuales:

  1. El mago de Oz (Baum, 1900) y The Wizard of Oz (1939): estructura del viaje como búsqueda del hogar, reinterpretada como bucle mental.

  2. Los zapatos rojos (Andersen, 1845): Karen representa la condena del deseo y el objeto que posee a quien lo lleva.

  3. Alicia en el país de las maravillas A través del espejo (Carroll, 1865/1871): los mundos alternos como símbolos de locura y ruptura de la identidad.

  1. Jane Eyre (Brontë, 1847): el fuego y el encierro reflejan la opresión interior de la protagonista.

  2. El cuento de la criada (Atwood, 1985): el color rojo como control sobre el cuerpo femenino, aquí vinculado a la pérdida de libertad psicológica.

  3. Wicked (Maguire, 1995): relectura moral del “bien y el mal”; la bruja como figura de verdad y revelación.

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