jueves, 23 de octubre de 2025

CRelato, 4Heidi. IIRovira

 RELATO LITERARIO

Para el relato literario hemos querido crear un nuevo episodio de la serie de Heidi, en el cual nuestra protagonista se va encontrando con otros personajes que hemos tratado a lo largo de nuestra constelación. Además de escribir el relato, hemos creado una presentación en la que aparece el texto literario de manera más visual. A continuación, se muestra nuestro relato literario titulado: Heidi y el sueño de las montañas que curan.





HEIDI Y EL SUEÑO DE LAS MONTAÑAS QUE CURAN


Cuando Heidi abrió los ojos aquella mañana, las montañas no eran las mismas. El viento traía voces desconocidas: una risa menuda que hablaba de planetas, un canto helado que rompía el silencio del valle, un aleteo que no era de águila ni de cabra montesa. El abuelo, con su seriedad de siempre, le dijo que no saliera tan temprano. Pero Heidi sabía que, cuando las montañas cambian de voz, es porque el mundo se está preparando para sanar.


Así fue como lo vio: un pequeño príncipe rubio, de bufanda infinita, contemplando el amanecer desde una roca.

-Busco mi planeta -dijo él-, pero creo que lo he perdido entre tus montañas.

Heidi sonrió.
-Tu montaña -le dijo el Principito- huele como mi rosa.
-Aquí las flores también aprenden a no marchitarse cuando alguien las mira con cariño -respondió Heidi.


Caminaron juntos hasta la cabaña, donde el abuelo ya hervía la leche. En la mesa, había unas galletas que olían a infancia. Alicia tomó una y sonrió: “En mi mundo, estas hacen crecer o encoger… aquí parecen hacer recordar.”

-¡He seguido a un conejo y he terminado en tus Alpes! -exclamó riendo.
Heidi la observó con ternura. Sabía bien lo que era vivir bajo reglas imposibles.
-Entonces estás en el sitio correcto -dijo-, aquí las cosas imposibles son la forma más natural de vivir.
Alicia la miró sorprendida.
-En mi mundo, los adultos me obligan a entender lo que no tiene sentido.
-A mí también -respondió Heidi-. Pero aprendí que no todas las normas enseñan: algunas solo nos olvidan.

Y así, mientras comían galletas, las montañas parecían respirar más libres, como si cada regla rota dejara entrar un poco de aire nuevo. Carl, el viejo de Up, apareció poco después, arrastrando su casa con globos que se enredaban entre los pinos.
-Vine buscando silencio -dijo, suspirando-, pero me parece que aquí lo que hay es demasiado corazón.

El abuelo y él se miraron en silencio, reconociéndose sin palabras: dos soledades curadas por la presencia de un niño. Después llegó Elsa, con una tormenta detrás. Traía el miedo en las manos, pero al ver las montañas comprendió que no necesitaba congelarlas.
-Aquí el frío no asusta -le dijo Heidi-, solo enseña a abrigarse con ternura.
Elsa la miró con emoción.
-En mi reino temen mi poder. Aquí siento que puedo ser libre.
-Las montañas te entienden -respondió Heidi-, ellas también viven aisladas y aun así protegen a todos.

Elsa respiró, y la nieve se volvió música: por un instante todo el valle danzó en silencio y luz. Al caer la tarde, un niño voló sobre el cielo rosado.
-¡No crezcas nunca! -gritó Peter Pan, haciendo piruetas.
Heidi lo miró con dulzura.
-Crecer no significa olvidar -le respondió. Yo crecí un poco cuando Clara aprendió a caminar, y ella creció un poco cuando creyó en sí misma.

Peter se detuvo en el aire. Quizá nunca había pensado que crecer también puede ser un acto de amor. En ese momento, entre los abetos, apareció una joven con un vestido gris y los zapatos de cristal rotos. Cenicienta miraba el suelo, avergonzada de su pasado.
-He limpiado tanto el polvo de otros, que olvidé mi propio brillo -susurró.
Heidi tomó uno de los fragmentos de cristal y se lo devolvió como espejo.
-Mírate. El polvo también puede ser luz si el corazón la deja pasar.
Cenicienta sonrió, y las luciérnagas encendieron el sendero hasta el cielo.


Más tarde, un chico con gafas redondas y una cicatriz en la frente apareció entre la niebla. Harry Potter cargaba su varita como si fuera una carga y no un poder.
-He luchado tanto contra la oscuridad que ya no sé si aún tengo luz -confesó.
Heidi le tomó la mano.
-Yo también fui huérfana. Pero aprendí que la luz no se apaga si alguien te cuida, aunque sea desde el recuerdo.
El bosque se iluminó. Harry levantó la mirada: las estrellas formaban un relámpago perfecto sobre el valle.

Por último llegó un niño con un casco espacial y una sonrisa tímida: Auggie, de Wonder. Traía en sus ojos una mezcla de miedo y coraje.
-En mi escuela a veces me miran como si fuera de otro planeta -dijo.
Heidi le acarició el hombro.
-Entonces encajas perfecto aquí: las montañas también son distintas, y por eso son hermosas.
Auggie sonrió, comprendiendo que la inclusión no es aceptar al otro como es, sino alegrarse de que exista.


El eco de sus risas hizo florecer los pinos bajo la nieve. Esa noche, reunidos todos alrededor del fuego, hablaron de sus ciudades. Heidi contó cómo Frankfurt la había llenado de normas y tristeza. Peter recordó el Londres gris que lo obligó a huir. Elsa habló de su castillo, tan hermoso como solitario. Carl, del ruido de la urbe que lo había dejado viudo en silencio. Alicia pensó en la Reina de Corazones y su absurda autoridad. Anne recordó el orfanato y el hogar adoptivo que la había transformado. Cenicienta habló del miedo a volver a ser invisible. Harry, del peso de ser valiente. Y Auggie, de aprender a mirarse sin esconderse.


El Principito, mirando las llamas, murmuró:
-A veces los adultos se olvidan de mirar las estrellas.

El abuelo, que siempre había hablado poco, les sirvió leche caliente.
-Las montañas no son un lugar -dijo-. Son una forma de aprender a estar con uno mismo sin volverse piedra.

Heidi los miró a todos.
En cada uno vio una herida: la orfandad, la incomprensión, el miedo, la rigidez, la soledad.


Entonces comprendió que todo aquello era un sueño, pero no un sueño cualquiera: era el sueño de las montañas, que le habían pedido ayuda para recordar al mundo que el amor sigue siendo la verdadera magia. Porque entendió que cada historia vivida con ternura puede sanar otra.




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