RELATO LITERARIO
Para el relato literario hemos querido crear un nuevo episodio de la serie de Heidi, en el cual nuestra protagonista se va encontrando con otros personajes que hemos tratado a lo largo de nuestra constelación. Además de escribir el relato, hemos creado una presentación en la que aparece el texto literario de manera más visual. A continuación, se muestra nuestro relato literario titulado: Heidi y el sueño de las montañas que curan.
HEIDI Y EL SUEÑO DE LAS MONTAÑAS QUE CURAN
Cuando Heidi abrió los ojos aquella mañana, las montañas no eran las mismas. El viento traía voces desconocidas: una risa menuda que hablaba de planetas, un canto helado que rompía el silencio del valle, un aleteo que no era de águila ni de cabra montesa. El abuelo, con su seriedad de siempre, le dijo que no saliera tan temprano. Pero Heidi sabía que, cuando las montañas cambian de voz, es porque el mundo se está preparando para sanar.
Así fue como lo vio: un pequeño príncipe rubio, de bufanda infinita, contemplando el amanecer desde una roca.
-Busco mi planeta -dijo él-, pero creo que lo he perdido entre tus montañas.
Caminaron juntos hasta la cabaña, donde el abuelo ya hervía la leche. En la mesa, había unas galletas que olían a infancia. Alicia tomó una y sonrió: “En mi mundo, estas hacen crecer o encoger… aquí parecen hacer recordar.”
Auggie sonrió, comprendiendo que la inclusión no es aceptar al otro como es, sino alegrarse de que exista.
El eco de sus risas hizo florecer los pinos bajo la nieve. Esa noche, reunidos todos alrededor del fuego, hablaron de sus ciudades. Heidi contó cómo Frankfurt la había llenado de normas y tristeza. Peter recordó el Londres gris que lo obligó a huir. Elsa habló de su castillo, tan hermoso como solitario. Carl, del ruido de la urbe que lo había dejado viudo en silencio. Alicia pensó en la Reina de Corazones y su absurda autoridad. Anne recordó el orfanato y el hogar adoptivo que la había transformado. Cenicienta habló del miedo a volver a ser invisible. Harry, del peso de ser valiente. Y Auggie, de aprender a mirarse sin esconderse.
El Principito, mirando las llamas, murmuró:
-A veces los adultos se olvidan de mirar las estrellas.
El abuelo, que siempre había hablado poco, les sirvió leche caliente.
-Las montañas no son un lugar -dijo-. Son una forma de aprender a estar con uno mismo sin volverse piedra.
Heidi los miró a todos.
En cada uno vio una herida: la orfandad, la incomprensión, el miedo, la rigidez, la soledad.
Entonces comprendió que todo aquello era un sueño, pero no un sueño cualquiera: era el sueño de las montañas, que le habían pedido ayuda para recordar al mundo que el amor sigue siendo la verdadera magia. Porque entendió que cada historia vivida con ternura puede sanar otra.

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