RELATO LITERARIO
LA SENDA ENTRE LOS MUNDOS
Dicen las antiguas profecías que, cuando la luz y la sombra se equilibran, cuando los hilos del destino comienzan a cruzarse, guardianes de todos los mundos son llamados a un mismo lugar. Un sitio donde el tiempo parece suspendido, donde la magia no tiene dueño. Atraídos por una llamada, héroes de otros mundos acuden al dominio donde necesitan su ayuda.
Al mismo tiempo, cinco figuras atraviesan portales mágicos que les hacen reunirse en un mismo lugar. Aturdidos por el viaje, todos contemplan la hermosa figura que aparece ante ellos: Galadriel, la elfa noble. Su presencia emanaba serenidad y poder, como si la misma luz del amanecer se hubiese detenido para mirarla. En torno a ella, los recién llegados intentaban comprender la razón de su encuentro. Asuna, con su espada aún vibrando por la energía de su mundo digital; Zelda, que portaba la sabiduría de dioses antiguos; Frieren, la maga inmortal que había visto pasar el tiempo eterno; Raistlin, el hechicero de ojos dorados que ansiaba conocer los secretos prohibidos; y Axlin, una viajera armada con curiosidad y coraje, propietaria del bestiario que salvará miles de vidas. Todos se observaban en busca de respuestas. Galadriel los observó con una mezcla de ternura y gravedad, y rompió el tenso silencio.
—El velo entre los mundos se debilita —dijo con voz que parecía fluir desde el agua misma—. Si la oscuridad lo atraviesa, nada quedará intacto.
El aire se estremeció, y sobre ellos apareció un árbol inmenso, cuyas raíces brillaban con runas de fuego y cuyas hojas destellaban como espejos. Cada hoja mostraba un recuerdo: una batalla, una promesa, una lágrima. Partículas de cada mundo que pendían del árbol.
Raistlin dio un paso adelante, hipnotizado por su poder. —¿Es esto el Árbol del Equilibrio?
—Lo fue —respondió Galadriel—. Ahora está muriendo.
Zelda posó su mano sobre el tronco y sintió un pulso débil, como el de una divinidad que se desvanece. Frieren percibió un eco de magia que no pertenecía a ningún mundo conocido. Asuna sintió una mirada invisible acechando entre las raíces.
Entonces, de la sombra, surgió una voz rota, feroz, sin forma:
—Todos son fragmentos del mismo sueño. Solo uno debe permanecer. Aquellos débiles deberán morir y dejar atrás el tiempo que malgastan.
Las luces del árbol titilaron, y Galadriel alzó el Espejo de Plata. Una ráfaga de luz pura cruzó el claro, disipando la oscuridad por un instante. Cuando el resplandor se calmó, el Árbol del Equilibrio había perdido casi todas sus hojas. Solo quedaban cinco, flotando en el aire.
—Sus semillas aún viven —dijo Galadriel, mientras las hojas se transformaban en siluetas diminutas. Eran gatos, de pelaje resplandeciente, con ojos que contenían constelaciones enteras. —En cada mundo hay uno. Ellos guardan la luz que el Árbol necesita para renacer, y que el ser oscuro que lo amenaza intentó destruir.
Los héroes escucharon, en silencio, el suave maullido de aquellas criaturas antes de que desaparecieran en un destello.
—Vuestros caminos divergirán de nuevo —continuó Galadriel—. Halladlos antes de que la oscuridad los reclame de nuevo y no haya marcha atrás. Solo entonces el tiempo volverá a fluir como debe.
Asuna asintió, decidida.
—Entonces nos volveremos a ver.
Galadriel sonrió, aunque su mirada reflejaba el peso del destino. Uno a uno, los héroes atravesaron los portales, llevándose consigo el eco de una promesa.
Cuando el último desapareció, Galadriel alzó la vista hacia el cielo. Entre las ramas desnudas del Árbol, una sombra acechaba todavía, esperando.
—Cinco gatos de luz —susurró la elfa—. Cinco mundos que decidirán el destino de todos.
Y en algún rincón de cada universo, un gato abrió los ojos por primera vez.
El tiempo, expectante, contuvo el aliento a la espera de una salvación.
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