3. RELATO
La aventura de no olvidar.
Villa Kunterbunt estaba inusualmente silenciosa. Tan silenciosa que incluso Pequeño Tío, el caballo de Pippi, se había parado en medio del porche, con la cabeza baja, en lugar de mordisquear el heno. La casa parecía haber perdido su color. El mono Señor Nilsson ya no estaba.
Pippi Calzaslargas, con sus trenzas rojas apuntando al cielo como si estuvieran a la espera de una aventura que nunca llegaba, se sentó en el suelo de la cocina. Tenía en la mano un juguete de Jessie de Toy Story. Se sentía identificada con ella; era chica, tenían el mismo color de pelo, las dos eran rebeldes y les encantaban las aventuras. Además… ella también perdió a mascota; a su amigo. Hace tiempo que no encontraba el juguete perdido de Perdigón y ahora, al igual que ella, no tenía a su amigo a su lado.
– ¡Es inútil, Pippi! ¡La tristeza no se arregla con pegamento! – dijo Mafalda, que había venido a consolarla, con un mapa del mundo desplegado sobre la mesa. Estaba intentando encontrar un país, una región, un rincón del planeta donde no existiera el dolor, pero no lo hallaba.
– Pero ¡yo soy Pippi Langstrump! Puedo levantar a mi caballo, vencer a un circo entero… ¡y no puedo levantar esta cosa pesada que tengo en el pecho! – lamentó Pippi.
En ese momento, apareció Harry Potter, que había llegado, torpemente, con su escoba voladora.
– Esa “cosa pesada” es el duelo, Pippi – dijo Harry, sentándose junto a ella –.Yo también la he sentido. Es como un Dementor invisible, pero no se alimenta de la felicidad, se alimenta de la ausencia.
Rocinante, que pasaba por ahí para saludar a su amigo Pequeño Tío y para comerse las manzanas del jardín, relinchó, como si entendiera la situación. Había visto a Don Quijote sufrir por “ausencias” antes.
– Pero, ¿cómo se combate a un Dementor? – preguntó Mafalda, cerrando su mapa.
Harry sonrió tristemente.
– Con un Patronus. Es un hechizo que usa el recuerdo más feliz para crear luz. Señor Nilsson te llenó de recuerdos, Pippi. Tu magia no es de varita, ¡es de corazón!
Pippi se quedó pensativa, mirando un dibujo que Señor Nilsson había garabateado. Un mono y un caballo con trenzas rojas.
– Mi recuerdo más feliz… – murmuró. Cerró los ojos y recordó la vez que el Señor Nilsson le había puesto todas sus monedas de oro bajo la almohada, pensando que era la casa del Ratón Pérez, y cómo les dolía la boca de tanto reír.
De repente, una energía familiar recorrió su cuerpo. No era su súper fuerza, sino algo cálido y brillante.
– ¡A mi no me gusta el dolor, pero no voy a dejar que me quite la alegría de Nilsson! – exclamó Pippi. Se puso de pie de un salto. – ¡El duelo es recordar! Y la mejor manera de recordar a un amigo curioso es haciendo algo loco. ¡Harry, trae tu varita! ¡Mafalda, trae tu indignación! ¡Rocinante, trae tu… tu rocinantez!
Pippi cogió una de las camisetas favoritas del Señor Nilsson. Con el plato roto, creó una figurita de su querido mono en el patio.
– ¡Señor Nilsson! – gritó Pippi, con la voz un poco rota pero firme –. ¡Te honro con el recuerdo más feliz!
Harry, entendiendo el mensaje, apuntó su varita al cielo. – ¡Lumus Máxima! – Una gran luz blanca iluminó el patio.
Mafalda sonrió. – La tristeza es una injusticia, ¡pero la alegría es una revolución!
Y mientras Pippi bailaba con Pequeño Tío, contando a sus amigos la aventura del “Ratón Pérez de Oro”, la pesadez en su pecho no desapareció por completo (porque el duelo no es magia instantánea), pero se hizo más ligera. Se transformó en una luz cálida: la luz de saber que la aventura continuaba, y que el Señor Nilsson viajaría siempre con ellos, en cada risa, en cada sueño.
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