3. Relato Literario
Katniss Everdeen y las Puertas del Cambio
Katniss Everdeen era una mujer que lo tenía todo. Su fortuna era tan grande como su orgullo, y su casa, un palacio de mármol y cristal, reflejaba la frialdad que habitaba en su corazón. Mandaba con voz de hielo, y su sonrisa era tan rara como la lluvia en el desierto.
Una noche, luego de ordenar despedir a media docena de empleados por una nimiedad, se durmió entre sábanas de seda. Pero al abrir los ojos, ya no estaba en su habitación. Se encontraba en un largo pasillo iluminado por candelabros flotantes, con el suelo cubierto de relojes que latían como corazones. Frente a ella, tres puertas: una roja, una gris y una dorada. Sin entender cómo, sintió que debía entrar en la primera.
Primera puerta: El País de Ana Frank.
Al cruzar el umbral, el aire cambió. Se encontró en un jardín de hongos gigantes y relojes derretidos. En medio de un caos colorido, una niña de mirada curiosa la saludó.
—Soy Ana —dijo con una sonrisa—. ¿Buscas algo también?
—Busco salir de aquí —respondió Katniss con fastidio.
—Entonces primero debemos ayudar a Thomas. Robin Hood lo ha encerrado en su propio sombrero.
Sin entender del todo, Katniss siguió a Ana por un laberinto de cartas vivientes. Pelearon contra los soldados de Robin Hood, burlaron a los relojes parlantes y, finalmente, liberaron al Thomas, quien los bendijo con un consejo:
—El poder sin compasión es locura. No olvides eso, viajera.
Katniss sonrió apenas, sin darle importancia, y volvió al pasillo.
Segunda puerta: El Hambre de los Olvidados.
La siguiente puerta la llevó a un paisaje seco, donde el viento llevaba arena y desesperanza. En medio de la nada, una figura fuerte y decidida se le acercó: Lara Croft.
—Bienvenida al fin del mundo —dijo Lara, limpiando el sudor de su frente—. Aquí no hay comida, ni agua, ni esperanza. Solo quienes aún creen que pueden cambiar algo.
Juntas atravesaron aldeas devastadas por el hambre. Katniss vio niños con los ojos hundidos y madres sin fuerzas para llorar. Lara compartía el poco pan que llevaba; Katniss, al principio, se lo guardó. Pero cuando vio a un niño desmayarse frente a ella, su corazón —por primera vez en años— dolió.
Sacó el resto de su pan y lo ofreció. El niño sonrió débilmente.
En ese gesto, algo invisible dentro de ella comenzó a despertar.
—A veces —dijo Lara—, los tesoros no se encuentran en tumbas antiguas, sino en los actos que haces por otros.
Katniss no respondió. Solo bajó la mirada y volvió al pasillo.
Tercera puerta: El Espejo de la Pobreza.
La última puerta era dorada, pero al cruzarla, todo se volvió gris. Caminó por calles cubiertas de lluvia, donde personas dormían bajo cartones. Se vio a sí misma reflejada en un charco: joyas, piel perfecta… y detrás de su reflejo, miles de manos vacías.
Elizabeth Bennet se acercó y le ofreció una flor marchita.
—No tengo nada más —dijo la mujer—, pero lo poco que tengo, lo comparto.
Katniss tomó la flor. Comprendió que había vivido rodeada de oro, pero vacía por dentro. Entonces el pasillo apareció de nuevo ante ella, las tres puertas se desvanecieron y una luz cálida la envolvió.
Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo en su cama de seda. El sol entraba por la ventana, y ella sintió su calor como si fuera nuevo. Se levantó, caminó hacia el espejo y vio en su rostro la sombra de una sonrisa verdadera.
Aquel mismo día reunió a su personal y anunció la creación de una fundación para alimentar, educar y cuidar a quienes nada tenían. Dejó de ser la mujer déspota que solo sabía ordenar, y comenzó a liderar con compasión. Al final, entendió que el verdadero poder no era dominar a los demás, sino usar la riqueza para sanar el mundo. Y aunque nunca volvió a ver las puertas del sueño, cada vez que ayudaba a alguien, le parecía oír el eco de la voz de Thomas: “El poder sin compasión es locura”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario