FORMATO DEL RELATO CON IMÁGENES Y PORTADA.
Ese día se había vuelto realmente malo para Matilda. El mundo le resultaba tan ruidoso que no podía ni siquiera pensar, y no tenía ganas de hablar con nadie. Tampoco podía sentirse más aliviada en su casa, pues su padre no dejaba de gritar y la risa de su madre resonaba en cada rincón del hogar mientras su hermano veía la película de Bitelchús por trigésima vez, a todo volumen. Lo único que pudo hacer fue subir a su cuarto y, en silencio, desaparecer entre los libros.
Fuera llovía y el cielo estaba oscuro, así que encendió la lamparita y la radio, para sentirse más acompañada, y justo sonaba Sweet Child O’Mine, lo cual la animó a retomar el libro que había empezado hace unos días. Abrió un viejo volumen sin título, de tapas gastadas y las letras comenzaron a brillar como estrellas. Sin embargo, el cansancio pudo con ella, y el sueño la envolvió tanto como el libro.
De pronto abrió los ojos, pero ya no estaba en su habitación y ya no escuchaba ese ruido molesto y doloroso. A su alrededor se extendía una biblioteca infinita, con pasillos que se curvaban hasta las constelaciones más altas del cielo, mientras se respiraba un dulce olor a libro antiguo y chocolate.
—Bienvenida, lectora Matilda — dijo la profunda voz de Gandalf, apoyado en su bastón —. Has cruzado el umbral de las historias.
Eso le sorprendió tanto como ver a Mary Poppins justo a su lado, que se ajustaba su sombrero y recibía mágicamente su paraguas en su mano. Ella lucía una amable y bonita sonrisa, mientras le dijo:
—En esta biblioteca infinita, así como en la vida, cada libro es una puerta, y tú debes aprender cómo abrirla.
Matilda, impactada pero emocionada, se paseó por las grandes estanterías, en las cuales reconoció títulos que adoraba, como Heidi, El Principito, Oliver Twist, Ana de las Tejas Verdes… Se sintió muy conectada con ellos, como si aquellos personajes quisieran decirle algo a nuestra querida Matilda.
De pronto, un gran ruido metálico la asustó y le hizo buscar de dónde venía. Al girarse, vio al Joven Sheldon con la mirada muy concentrada mientras desmontaba una lámpara flotante de la biblioteca.
—La levitación aquí es cuántica, no mágica, todo es ciencia—explicaba con impaciencia y entusiasmo a la niña que le acompañaba, una niña de cabello rizado y pelirrojo.
Le sonaba tanto… ¿Sería Annie?
A continuación, una voz filosófica e irónica resonó por el pasillo:
—Es posible que sea cuántica y mágica, pues la mágica no necesita fórmulas, sino sentido común.
Era Mafalda quien afirmaba aquello tan segura mientras hojeaba un libro de filosofía. Entre tanto revuelo, apareció Enola Holmes, con una lupa brillante, y en una voz muy baja, prácticamente susurrando, dijo:
—Alguien o algo está borrando los libros, están desapareciendo…
Fue en ese momento cuando se levantó un fuerte viento que sacudió la escena por completo, haciendo temblar las estanterías y provocando la aparición de unas monstruosas sombras de las que no se conocía el origen, mientras las páginas de los libros se arrugaban y los títulos desaparecían.
Gandalf actuó rápido, y levantó su bastón, haciendo aparecer en un destello a Wonder Woman, con su lazo de la verdad incluido. El mago, que conocía aquellos espectros mejor que sus compañeros, advirtió:
—Se trata de los Espectros del Olvido, quienes se alimentan de la ignorancia de las personas y de la insensibilidad, de los sueños abandonados, de los libros que no se abren jamás.
Por suerte, allí estaba Eleven, que aunque mantenía el ceño fruncido, pudo hacer uso de sus poderes sobrenaturales para alejar y detener a aquellas monstruosas sombras. Pero necesitaba ayuda, pues gritó:
—No puedo mantenerlas así para siempre, necesitamos más poder de los libros.
Merlín apareció sentado sobre una pila de diccionarios y enciclopedias, y con mucha más calma que todos los demás, dijo firmemente:
—El saber sin el sentir, no es nada, querida Matilda. Los libros te han elegido a ti, y este es tu momento, eres su guardiana.
Ella se encontraba temblando, cómo podía tener ella tal responsabilidad, si solo era una niña. Le supuso mucha tensión la manera en que Merlín le dijo aquello, hasta que se empezó a escuchar una risa traviesa a lo lejos, y vió a Pippi Calzaslargas colgando de una estantería:
—¡Puedes hacerlo, Matilda! Eres inteligente y sabrás hacerlo a tu manera. Todos nosotros confiamos en ti, plenamente.
Desde el otro estante, Charlie sonreía y mostraba una tableta de chocolate dorada:
—¡Eso es, Matilda! Luego podremos compartir el chocolate.
Lisa Simpson apareció con flores en el cabello, y el Gigante Bonachón apareció detrás de ella, mientras le iba retirando algunas y las metía en la infusión que estaba preparando:
—Este traguito te dará toda la fuerza que necesitas.
Matilda bebió, y de nuevo se formó un gran revuelo en la biblioteca, mientras las letras salían de los libros y comenzaban a girar a su alrededor cada vez más rápido. Recordó cuando Harry Potter venció a la oscuridad con una sola palabra: lumos, y pensó cuál podría ser la suya. Cerró los ojos y se dejó llevar:
—Los libros nunca mueren, mientras alguien pueda recordarlos—dijo Matilda para sí misma, y la sala comenzó a iluminarse, desapareciendo así la sombras.
En ese momento, alzó la vista, y en lo alto de la gran estantería, un niño con bufanda observaba orgulloso la escena, El Principito sonreía porque él siempre había confiado en los niños y las niñas. Unos pasillos más allá de donde todo había sucedido, se escuchaba corear a Max y sus amigos los monstruos, que se sentían relajados después de acercarse a los libros de nuevo; y también estaba Totoro, que danzaba con alegría y calma entre sus historias preferidas.
Gandalf bajó el bastón, y le dijo a Matilda:
—Has salvado la biblioteca, querida.
Y aunque eso la sonrojó, Mary Poppins le guiñó un ojo amigable, para que pudiera sentirse reconfortada y orgullosa, y añadió:
—Nada mal para ser una niña que solo pretendía leer un poquito. Gracias por nunca subestimar los libros, Matilda.
Matilda en ese momento cerró los ojos para contener la emoción, pero cuando quiso abrirlos para responder a sus compañeros de aventura, se encontraba de nuevo en su cama. Se seguía oyendo la radio y la lluvia de fuera, y como no había cerrado la ventana vio como el viento había hecho llegar una hoja hasta su escritorio. Se levantó sorprendida, y leyó lo que ponía en caligrafía dorada:
“Para Matilda, que nunca estará sola mientras tenga un libro cerca. Nunca dejes de soñar con las historias que lees, ellas también sueñan contigo. Si tienen esperanzas, es por ti”.
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